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2/12/2012

EL MOVIMIENTO ESTUDIANTIL DEL 71 Y LA DECADA DE LOS 60

Marcelo Torres
Bogotá, Mayo de 1988

LAS RAICES DE LA REBELIÓN
Pronto se cumplirán 20 años del movimiento estudiantil de 1971, acaso tenga algún interés, en estos días de turbulencias, con el futuro preñado de incógnitas, que quienes tuvimos que ver de cerca con aquellas magníficas jornadas escribamos algunas de nuestras impresiones -ya decantadas por el tiempo- sobre sus raíces y sus resultados.
El del 71 fue contemporáneo de muchos movimientos similares en todo el mundo de entonces, características de una época en que los vientos de la revolución soplaron con gran fuerza en todo el globo. En efecto, los pueblos de la tierra agrupados bajo la común denominación de Tercer Mundo, irrumpieron en una especie de insurgencia casi generalizada, frustrados e iracundos, dispuestos a volver realidad por su propia cuenta las promesas de bienestar y prosperidad incumplidas por ese mundo de posguerra, el neocolonialismo, organizado bajo la égida de los Estados Unidos.
El conflicto de Corea, la victoria del Dien Bien Phu, la guerra de liberación de Argelia, el movimiento de Patricio Lumumba y, sobretodo, en el ámbito de América Latina, la revolución cubana, fueron sus principales momentos estelares. A ello se agregó, en la década siguiente, la de los años sesenta, la polémica de los comunistas chinos capitaneada por Mao Tsetung contra la dirección del PCUS jruschovista, la guerra del Viet Nam, y de nuevo China, con su gran revolución cultural que estremeció las milenarias tradiciones. Las muchedumbres pauperizadas del campo y las ciudades en los países oprimidos, particularmente sus jóvenes intelectuales, fueron especialmente sensibles a estas influencias emancipadoras.
Un espíritu de independencia nacional, un enfoque revolucionario sobre los problemas y una rebelión creciente levantaron la cabeza por doquier. Colombia, como el resto de países latinoamericanos, no podía permanecer inmune al vivificador influjo, acabado el país de salir de una guerra civil, la fórmula que sus dirigentes acordaron y le aplicaron fue el monopolio bipartidista, liberal-conservador, del poder. Aquel curioso retorno a la democracia representativa entusiasmó muy poco a los colombianos nacidos en los decenios de los años cuarenta y cincuenta. Tampoco inspiraba la glorificación de lo existente la congestión de las grandes villas que se volvieron verdaderas ciudades repletas de conflictos sociales por la afluencia de masas desarraigadas por la Violencia del campo, a las que ni empleo, ni vida decorosa podía ofrecer una precaria industria. Recuérdese que a estas desventuras de país subdesarrollado venía a juntarse una creciente y difundida conciencia tercermundista de que la causa de las mismas era la expoliación económica extranjera, norteamericana en nuestro caso, y agréguese a este cuadro el tremendo atractivo ejercido por una muy cercana revolución cubana, más alguna dosis de cultura universal superior, y tendremos reunidos los elementos básicos de donde surgió el rebelde típico de los años sesenta. Al lado de los espectros de una violencia conocida de cerca o de lejos en la niñez, se colocaron ahora una inconforme actitud ante la pobreza en aumento y una democracia embozalada y, especialmente, los resplandores de acontecimientos de hombres que parecían liberarse de sus cadenas en otras latitudes. En el gran drama subsiguiente del país, o deplorable tragicomedia, según se mire, lo demás dependió del carácter y las condiciones de los individuos.
Por aquellos días el movimiento de liberación nacional de los países adquirió la dimensión de una auténtica fuerza histórica mundial, no como ahora cuando con tanta frecuencia los lleva a convertirse en tristes peones o carne de cañón de las superpotencias, principalmente de la de Oriente, como sucede con Cuba y Nicaragua. La cosa llegó a tanto bajo aquel ímpetu de los sesenta, que afloró incluso en los principales centros de Europa occidental y en la misma Norteamérica. La resonancia del movimiento de Mayo del 68 y de los sucesos de la Universidad de Kent los convirtió en paradigmas mundiales de la insubordinación juvenil, siendo como fueron, resultados agrandados de un impulso revolucionario cuyas fuentes fueron las tumultuosas tierras de Asia, Africa, y América Latina.

EL 71, REMATE DE UNA EPOCA
En Colombia, durante el final de los años cincuenta y en el decenio de los sesenta se fundaron numerosas organizaciones proclamadas revolucionarias, varias de las cuales promovieron sus propias guerrillas –en una de las cuales cayó el sacerdote Camilo Torres-; en el movimiento obrero se conformó un sector independiente que intentó organizar una nueva central, la agitación estudiantil adquirió una frecuencia e intensidad inusitadas y el establecimiento se llevó un buen susto en Abril de 1970, cuando la corriente política no tradicional más importante de la década precedente, la Anapo, acusó al gobierno de incurrir en el fraude en las elecciones presidenciales y amenazó con lanzarse a un levantamiento... que no tuvo lugar. En cierto sentido, las jornadas estudiantiles de 1971 constituyeron el remate, el epílogo de aquella época. Sin duda, este movimiento fue dentro de su género, el más prolongado, extendido, masivo y claro en sus objetivos de cuantos hayan tenido lugar en la historia del país. Los estudiantes se sublevaron contra el despotismo imperante en los claustros y cuando se desencadenó la represión oficial, lejos de amainar, el motín arreció. Tan impetuosa marcha en pos de lo nuevo de parte de la energía vital de la nación, su juventud, despertó las simpatías de los más avanzado del país. El sindicalismo independiente apoyó activamente los reclamos universitarios. La intelectualidad progresista saludó entusiasta el desacato y la protesta.
Fue librada una gran lucha por democratizar la dirección de las universidades, elevar el nivel científico de la enseñanza, preservar los derechos de los estamentos del campus –especialmente la libertad de cátedra-, y lograr una financiación estatal adecuada que permitiera la nacionalización de toda la educación. La batalla tuvo como fuerza dirigente orientadora a la juventud patriótica JUPA, organización juvenil del MOIR. En mi calidad de integrante de la jefatura nacional del movimiento fui, si no el principal, sí el más controvertido de los dirigentes de la formidable movilización. Hice de vocero de sus demandas ante el Consejo Nacional de Rectores y el país entero conoció las urgencias de la juventud estudiosa. Un personaje que andando el tiempo llegaría a pasar como adalid de la renovación social, Luis Carlos Galán, presentó al Congreso, como ministro de educación del gobierno de Pastrana Borrero, un reaccionario proyecto de legislación sobre el régimen universitario; felizmente, el proyecto fue derrotado por los estudiantes desde la calle y archivado por sus autores. La pugna terminó con una gran victoria: por primera y única vez en nuestra historia republicana, las universidades Nacional y de Antioquía obtuvieron un gobierno verdaderamente democrático, integrado principalmente por profesores y estudiantes. Atribuir la breve existencia de aquel cogobierno a su inconveniencia para nuestro sistema universitario es algo tan superficial como concluir que la gesta independentista no debió arrancar el 20 de Julio de 1810 porque pocos años después fue sofocada por el Pacificador Morillo.

LA HORA DEL BALANCE
La década de los sesenta puede catalogarse como positiva en tanto impulsó toda una legión de jóvenes a la búsqueda de nuevas soluciones para el país que superaron el horizonte restringido del Frente Nacional Bipartidista, originando así el movimiento revolucionario contemporáneo de Colombia. Y sobre todo, en cuanto encaminó ese proceso, al menos en sus inicios, por fuera de los cartabones prosoviéticos del autodenominado Partido Comunista al que bautizaron por entonces “mamerto”, con un tino destinado a perdurar. Pero es indudable también que la época ejerció una muy perniciosa influencia en la medida en que difundió el espejismo –resultante de aplicar erróneamente la experiencia cubana- de creer que el país, si no estaba ya en plena insurrección, se hallaba a las puertas de la misma. EL resultado de tan funesta alucinación, hoy en pleno clímax, han sido casi 30 años de las más disparatadas acciones y prácticas injustificables en nombre de la revolución. Sobre los elementos dirigentes de la juventud de aquel tiempo he de decir que algunos han caído lastimosamente sacrificados en aras de una concepción extremoizquierdista, totalmente errada, que acabo de señalar.
Otros atemperados sus furores mozos con el paso de los almanaques, arribaron a las filas de la burocracia oficial o a las jerarquías de los partidos tradicionales, o al menos al séquito de sus asesores, especialmente del liberal. Y no son pocos los que, sin haber tenido un trágico desenlace ni haber cambiado abiertamente de casaca, vegetan en un escepticismo diletante y estéril, propio de los espíritus poco recios ante los tropiezos y los tiempos difíciles. En cuanto a mí, hago parte de esa clase de hombres y mujeres, maduros y jóvenes, que no han sucumbido ni a la desesperación que precipita a las aventuras, ni ante el pretendido “realismo político” y su cortejo de claudicaciones piadosas. En 1971 era integrante de la Juventud Patriótica de MOIR, el partido revolucionario dirigido por Francisco Mosquera, hoy soy miembro de su Comité Ejecutivo Central. Como mi partido, desde una posición marxista-leninista, creo que sólo una política de unidad nacional conviene al país en la crítica hora que vive. Guiarse por las enseñanzas de Mao Tsetung puede no ser empresa fácil en esta época de trastrocamiento universal, en que la URSS dejó de ser roja hace decenios y es responsable de que el mundo confunda al socialismo, traicionado desde el Kremlin, con el socialimperialismo y el socialfacismo que Moscú profesa y practica. La gente a que me refiero simplemente no identifica la vigencia histórica de las concepciones revolucionarias con el azar de nuestra suerte personal. Nuestro tiempo vendrá y allí estaremos.

4 comentarios:

Indira dijo...

Buenas noches: Quisiera saber si ustedes tienen un correo interno para establecer comunicación con ustedes ya que me interesa este momento histórico del movimiento estudiantil porque estoy realizando un documental sobre el tema y me gustaría entrevistarlos. Atentamente, Indira Gironza

Paula Romero dijo...

Hola, soy una periodista española radicada en Barranquilla. Estoy realizando un trabajo de investigación sobre mayo del 68 en Colombia para la revista dominical Latitud, ElHeraldo. ¿Tendrían un correo a través del cual poder mantener comunicación más directa? estoy muy interesada por los contenidos del blog. Saludos.

Mauricio Vargas González dijo...

Holo Paula.
Este es mi correo cc.mauz@ GMA!L .com

(puse gmail de ese modo para evitar spybots)

Paula Romero dijo...

Me da error el correo. Puedes escribirme pauromgon@gmail.com